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Los recursos ornamentales de los mudéjares merecen un capítulo aparte.
En primer lugar, conviene destacar un hecho relevante: por muy rico que
sea el aspecto de una torre, por muy suntuoso que deba ser un palacio o
por mucho que un edificio, sea cual sea, pretenda destacarse como algo
singular, el efecto de riqueza decorativa se logra siempre con
materiales muy pobres. Ladrillos, aliceres vidriados, yeso y madera
constituyen la materia prima de esos conjuntos abigarrados y a veces
lujosos, que en ningún caso requirieron mármoles o metales preciosos.
En las superficies exteriores -fachadas o torres- la mera disposición
de los ladrillos en arquillos, rombos o espigas daría lugar a un juego
de luces y sombras muy característico. La raigambre almohade de este
tipo de decoración es indudable: el minarete sevillano que, más
adelante conoceríamos como La Giralda, fue el que en la España
musulmana se llamaba sebka consistía en la repetición hasta el
infinito de una red de arquillos lobuladas y entrecruzados. è
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