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Así, la elección de posibles modelos tenía que mirar hacia los
lugares de la cristiandad que nunca habían sido alcanzados por otras religiones. Los reinos del norte de España habían
continuado el desarrollo de sus artes, enriqueciéndolas con la
valiosísima aportación del estilo que había llegado de la mano de las
peregrinaciones: el Románico. El tipo de iglesia románica, extendido
ya por toda Europa, iba a encontrar interpretaciones heterodoxas en las
tierras recién conquistadas. La piedra sería sustituida por el
ladrillo, un material conocido y barato; los arcos que separaban las
naves trazarían de forma espontánea una herradura en lugar del
semicírculo habitual en el románico; las bóvedas serían sustituidas
por armaduras de madera, menos costosas y, en ocasiones, también más
suntuosas; el campanario, finalmente, sería un simple minarete dotado
de huecos para albergar las campanas.
En resumen, el resultado final ya no se podía encuadrar en las formas
del románico, a pesar de que el modelo había sido más o menos
respetado. è
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